Por qué no podemos hablar de familia

Colectivo Paideia
14:55

Por: Angeles Santiso

“Todo cambia, nada es”.
Heráclito de Éfeso 
                                                                                                        
El miedo al cambio es más común de lo que pudiéramos pensar. Incluso cuando el cambio es augurio de vivir mejor, en muchas ocasiones, el temor nos paraliza consciente o inconscientemente. Sin embargo, con recelo o no, el cambio es lo único permanente.

Para que exista un cambio, es necesario el movimiento y el caos; y como el cambio implica la necesidad de adaptarnos a lo nuevo, generalmente se presenta algún tipo de resistencia. Esta premisa aplica a los cambios sociales, aunque haya algunos que son tan paulatinos, que no los percibimos hasta que es inevitable notarlos.

Uno de los cambios sociales frente a los cuales se ha dado gran resistencia, es el concepto de familia. “La familia, y sobre todo los valores morales que fundamentan las relaciones familiares, son un buen ejemplo de este cambio silencioso” dice Joan Bestard, antropólogo de la Universitat de Barcelona.[1]

El conjunto de transformaciones que ha experimentado la familia en el mundo occidental constituye una de las manifestaciones más importantes del cambio social contemporáneo, debido principalmente a tres factores:

1.     La libertad para elegir a la pareja. Aunque no aplica en todos los casos, actualmente lo más usual es seleccionar una pareja a partir del sentimiento, y ya no del interés familiar. Los matrimonios arreglados en función de los intereses patrimoniales, religiosos y/o culturales, han disminuido en pro de las uniones basadas en el amor.

2.     El principio de igualdad de género. Los roles tradicionales de género, se han transformado. Las imágenes de la mujer dedicada al hogar y el hombre dedicado al trabajo, han sufrido cambios importantes debido a la participación activa de las mujeres en los ámbitos social, político y cultural. La autoridad patriarcal ha sido discutida ampliamente y se han criticado todos los fundamentos de su poder. Las labores de cuidado del hogar y de las hijas y los hijos, ya no son exclusivas de las mujeres. Ahora, forma parte de las relaciones de parentesco que no se consideran como un hecho natural, sino que se van construyendo socialmente.

3.     La centralidad de la niñez en la formación de las relaciones familiares. Se tienen menos hijxs y se busca el momento adecuado para tenerlxs, pero sentimentalmente se invierte más en ellxs. Tener hijxs o no, ya no es un imperativo de la estructura familiar, y la filiación biológica ya no se contempla como la única opción posible.

Entonces, ¿por qué no podemos hablar de familia? Porque producto de su evolución, LA familia se ha diversificado y, en consecuencia, tenemos que hablar de LAS familias. Lo que muchas personas han llamado la familia natural, no es más que una forma de organización familiar. De hecho, no podemos hablar de familia natural ya que esta estructura se rige por reglas sociales, y las reglas sociales las hemos construido y deconstruido a lo largo de la historia.

La diversidad familiar es un hecho, como es un hecho que lo que las define ha cambiado. La palabra Familia viene del latín famulus que significa sirviente o esclavo.[2] La palabra familia era equivalente a patrimonio e incluía no sólo a los parientes sino también a los sirvientes de la casa del amo. ¿Este tipo de vínculo es el que deseamos que defina a nuestras relaciones familiares? ¿Una relación basada en la sumisión al poder del amo, y en el que el interés principal es patrimonial? Y si mi deseo es tener una familia así, ¿eso anula el deseo de lxs demás?

El artículo 16 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos define a la familia como “la unidad natural y fundamental de la sociedad. Establece el derecho del hombre y de la mujer para casarse y fundar una familia, el derecho a la igualdad en el matrimonio y el libre consentimiento en éste.”[3] Cada hombre y cada mujer, tiene derecho a casarse y fundar una familia; si cada hombre y cada mujer tiene derecho a ello, da por resultado una amplia diversidad familiar, misma que el INEGI[4] nos ayuda a clasificar y, que en un texto posterior, me dedicaré a describir:

§        Familia heteroparental.
§        Familia homoparental.
§        Familia monoparental.
§        Familia reconstituida.
§        Familia simple.
§        Familia extensa.
§        Familia compuesta.
§        Familia de elección

Si hay diversas formas de constituir una familia, ¿podemos seguir hablando sólo de una? Tan válidas son unas como otras. La sociedad se ha transformado, y aunque a veces nos atemorice el cambio pensando que lo que viene es terrible, sólo es cuestión de estar conscientes de nuestra resistencia al mismo. Como diría el economista John Maynard Keynes “Cuando las circunstancias cambian, yo cambio de opinión. ¿Usted que hace?”.



[1] Etimologías Latín. (19 de julio de 2017). Obtenido de http://etimologias.dechile.net/?familia
otros, J. B. (2012). Noves formes de família/Nuevas formas de familia. Barcelona: Ajuntament de Barcelona.
[2] Etimologías Latín. (19 de julio de 2017). Obtenido de http://etimologias.dechile.net/?familia
[3] Organización de las Naciones Unidas. (2008). Declaración Universal de los Derechos Humanos, United Nations. Recuperada el 19 de julio de 2017, del sitio Web: Naciones Unidas en http://www.un.org/es/universal-declaration-human-rights/
[4] Cuéntame…población (2015). INEGI. Recuperada el 19 de julio de 2017, el sitio Web: http://cuentame.inegi.org.mx/poblacion/hogares.aspx?tema=P

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Los ochenta y cinco años de nuestra Premio Cervantes

Colectivo Paideia
14:42

Por: Lucía Velasco

Elena Poniatowska nació en París, Francia, el 19 de mayo 1932, así que hace pocos días cumplió 85 años de edad. Llegó a México, como tantas otras personas europeas, huyendo de la Segunda Guerra Mundial. Es sobrina de la poetisa mexicana Pita Amor, se casó con el astrofísico Guillermo Haro, con quien tuvo a sus tres hijos y obtuvo la nacionalidad mexicana en 1969.

La primera vez que escuché el nombre de Elena Poniatowska fue en la secundaria, cuando la maestra Guillén, de español de segundo o tercer año, nos platicó del movimiento estudiantil del 68. Era 1984, y el único libro que –en palabras de ella- existía en esos tiempos para enterarnos de lo que sucedió el 2 de octubre del 1968 era “La noche de Tlatelolco”.

Más tarde, cuando entré a la facultad Acatlán para estudiar Periodismo y Comunicación, leí por primera vez sus artículos en el periódico La Jornada. Ella, junto con Cristina Pacheco, Carlos Monsiváis y Miguel Ángel Granados Chapa, entre muchos otros, me enseñaron sobre la política, la cultura, la contracultura y las calles de éste, mi país. También aprendí sobre la fuerza de la palabra escrita.

Poniatowska ha sido una de las escritoras que me ha enseñado a observar, a escuchar, a darme cuenta que no existe una realidad única, que hay múltiples formas de vida, que existen diversos méxicos en los que coexistimos millones de mexicanxs.

Su inicio en el periodismo fue en el Excélsior, por allá de los años cincuenta del siglo pasado. Después vinieron El Novedades, Revista Mexicana de Literatura, Artes de México, Revista  de la Universidad de México, El uno más uno, La Jornada, FEM y Debate Feminista, entre otros medios impresos.

Poco a poco dio el giro de escribir crónicas de sociales a tratar temas como la desigualdad social, el racismo, la condición de la mujer y los movimientos sociales. Los géneros en los que ha publicado su obra son la entrevista, el ensayo, la novela y la crónica.

Elena tiene cerca de doce doctorados honoris causa, otorgados por diferentes universidades nacionales, iberoamericanas y norteamericanas; publicado cerca de 44 libros –algunos traducidos a veinte idiomas- y diecisiete premios nacionales e internacionales, de los que destacan el Premio Cervantes 2013, que es como el Premio Nobel de Literatura en lengua castellana, siendo la quinta mujer en recibirlo; y el grado de Oficial de la Legión de Honor, por parte del gobierno francés en 2003.

Los primeros libros que leí de ella fueron: “Hasta no verte, Jesús mío” y “Lilus Kikus”, y aunque no puedo decir cuál es mi favorito, sí prefiero algunos sobre otros. Destacan la colección de entrevistas “Todo México” (creo que sólo me falta un volumen), en donde se reúnen conversaciones con una gran variedad de protagonistas del cine, la música, la literatura y la cultura iberoamericana, ¿mi predilecto?, el dedicado al fotógrafo de cine, Gabriel Figueroa; y “Jardín de Francia”, que reúne entrevistas con reconocidas personalidades de la cultura francesa, de la década de los cincuenta y sesenta, años de una estrecha relación cultural entre México y el país franco.

De su larga lista de novelas publicadas, muchas biográficas, sobresalen un mosaico de personalidades femeninas. Mis preferidas son “Tinísima”, inspirada en la vida de la fotógrafa italiana Tina Modotti, y “Leonora”, sobre la pintora surrealista inglesa Leonora Carrington.

“Nada nadie, las voces del temblor” que reúne testimonios sobre los trágicos temblores de 1985 y el ensayo “Octavio Paz, las palabras del árbol”, dedicado a su larga relación fraternal con el Premio Nobel, complementarían mi lista de recomendaciones para conocer parte del legado cultural de esta escritora. Tú, ¿qué libro nos recomendarías leer de Elena Poniatowska? ¿Cuál es tu favorito?




Referencias

GÜEMES,  CESAR. Elena Poniatowska transparenta la defensa de la libertad y la paz. La Jornada. México D.F. Viernes 26 de septiembre de 2003. http://www.jornada.unam.mx/2003/09/26/02an1cul.php?printver=0&fly=. Junio 19, 2017.

"Elena Poniatowska". En: escritoras.com [en línea]. 19 nov 2013. [Consulta: 19 jun 2017]. <//escritoras.com/escritoras/Elena-Poniatowska>

Elena Poniatowska. Biografía. Elena Poniatowska Amor Fundación. http://www.fundacionelenaponiatowska.org/biografia.html. junio 5, 2017.

Elena Poniatowska (1933/05/19 - Unknown). Busca Biografías. Autor: Equipo de buscabiografias.com. Fecha: desde diciembre 1999 con actualizaciones. https://www.buscabiografias.com/biografia/verDetalle/9006/Elena%20Poniatowska. Junio 5, 2017.

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La presión social como causa de depresión

Colectivo Paideia
15:07

Por: Antonio Morales

En mi experiencia como terapeuta he observado que, en algunas ocasiones, las dificultades que experimentan los pacientes en el reconocimiento de alguna sintomatología o trastorno, tienen que ver con el miedo a cómo será visto por seres queridos o la sociedad en general. Suena difícil de creer, pero actualmente, todavía existen estigmas o prejuicios hacia las personas con algún trastorno emocional o mental. Como lo he platicado en artículos anteriores, el trastorno mental en ocasiones es visto como algo voluntario del sujeto, esto tiene que ver con la dificultad de entender el sufrimiento ajeno.

Por ejemplo, podemos imaginar lo doloroso que puede ser para una persona su proceso de sanación con una ruptura de hueso, porque ésta es visible: el yeso, la herida… Pero, ¿qué pasa con una depresión? En ese caso es difícil ver de manera clara el origen del dolor, porque de hecho en algunas ocasiones las depresiones no son tan visibles como las imaginamos. A menos que tengamos conocimientos claros de la perturbación, puede ser difícil entender el sufrimiento del otro. Algunas veces podemos asumir que una persona deprimida, es una persona que se la pasa todo el día en su cama, sin querer hacer ninguna actividad, pero en la mayoría de los casos, no es así; puede que convivamos todos los días con personas deprimidas y no nos demos cuenta o incluso puede ser que tengamos síntomas de depresión nosotrxs mismxs y no lo sepamos.

La depresión, tal y como nos dice la Organización Mundial de la Salud (OMS), es la principal causa de deterioro en la salud mental y afecta a 121 millones de personas en el mundo (World Health Organization 2007). Concretamente, un reciente estudio europeo muestra que la depresión y las fobias específicas constituyen los problemas mentales más comunes en el continente europeo, con una prevalencia del 13% (Alonso et al. 2004).

Para definir a la depresión vamos a describirla como un malestar que afecta a todo el cuerpo, al estado de ánimo y a los pensamientos: afecta la forma en que unx come y duerme, el deseo sexual, la opinión de unx mismx y el concepto de vida en general. Un trastorno depresivo no es un estado de ánimo triste pasajero; tampoco es una señal de debilidad personal o una condición que se pueda alejar a voluntad. Los síntomas pueden durar semanas, meses o años.

Aunque es bien sabido que la depresión se puede abordar desde diferentes perspectivas, en este artículo se pretende tratar como una problemática social, debido a que es en este contexto donde la experiencia sintomática cobra sentido. Es importante entender a la depresión como resultado de las presiones socioestructurales ejercidas sobre el individuo (Álvaro Estramiana, Garrido Luque, & Schweiger Gallo, 2010). Sabiendo esto, es posible indagar acerca de las causas de dicho deterioro y sólo así tiene sentido preguntarse por los factores que explican por qué unas personas o grupos sociales tienen una mayor probabilidad de sufrir mayores síntomas depresivos que otras.

Las presiones sociales juegan un rol muy importante sobre la forma de pensar de todas las personas. Estas presiones sociales pueden impulsar conductas saludables como el ejercicio y la dieta; sin embargo, también pueden promover conductas con efectos negativos en la salud como el consumo de alcohol o de otras sustancias. Es por lo anterior, que se puede asumir que una adecuada integración social tendrá como resultado una buena salud o una salud y bienestar más fortalecidos. Algunas veces esta presión social se experimenta a partir de la comparación con otras personas o de perseguir el ideal que la familia o los demás nos enseñaron. Al no lograrse estos ideales, el individuo se enfrenta a la frustración, misma que en ocasiones se experimenta como pesimismo o indefensión. Si no se cumple y uno no está debidamente ubicado consigo mismo, nuestro grado de insatisfacción, desvaloración e inseguridad le pueden conducir a la depresión. Con esto no queremos decir que la presión social genera personas deprimidas, sin embargo, la presión social y la forma en cómo se evalúa esta presión, nos hace más vulnerable afectando nuestra autoestima y autoconcepto.

También se ha encontrado que el factor económico es un desencadenante de la depresión. Algunos estudios han señalado que las personas que pertenecen a las clases sociales más desfavorecidas, son las que tienen una mayor probabilidad de sufrir en sus vidas acontecimientos que afectan su autoimagen. También los recursos para enfrentarse a dichas situaciones y las redes sociales de apoyo varían en función de la posición en la estructura social (Ross & Sastry, 1999), haciéndolos de esta forma propensos a padecer depresión o síntomas relacionados con malestares en el estado de ánimo. Algunos autores han relatado que la influencia de los eventos puede depender más de la vulnerabilidad del sujeto que de su impacto. Puede haber un amplio conjunto de estresores que favorezcan o intervengan en la aparición de la depresión, como por ejemplo: la disminución de ingresos, el decremento de apoyo social, la jubilación y otros cambios en los roles y las redes sociales.
                
En conclusión, es importante señalar que, en el tratamiento o reconocimiento de la depresión, hay que vislumbrar las consecuencias de las relaciones entre el individuo y su contexto social. En este sentido, el avance de las personas depresivas no debe señalarse, únicamente, como el cambio de sus estilos de pensamiento, sino trabajar también en la transformación tanto de las condiciones sociales que influyen en su integración social como de las interacciones sociales en las que se construye su autoestima. El mejor conocimiento de los diferentes factores implicados en la depresión, ayudará a explicar este fenómeno en las personas que la padecen, al mismo tiempo que facilitará la evaluación y la planificación de programas preventivos y tratamientos.

Referencias

Alonso, J., M. C. Angermeyer, S. Bernet, R. Bruffaerts, T. S. Brugha, H. Bryson et al. (2004). “Prevalence of mental disorders in Europe: results from the European Study of the Epidemiology of Mental Disorders (ESEMeD) project”. Acta Psychiatrica Scandinavica: 21–27.

Álvaro Estramiana, J. L., Garrido Luque, A., & Schweiger Gallo, I. (2010). Causas Sociales de la Depresión. Revista Internacional de Sociología (RIS), 333-348.


Ross, C. E., & Sastry, J. (1999). The Sense of Personal Control Social—Structural Causes and Emotional Consequences. Nueva York: Kluwer Academia.


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La solidaridad, el valor de ayudar

Colectivo Paideia
10:41

Por: Verónica Estrada

En mi transitar diario por esta ciudad, miro a mi alrededor y noto la apatía en las personas. Parece que cada una de ellas está sumergida en su propio mundo -por supuesto me incluyo en ese comportamiento-. También, es común observar situaciones como: una persona que necesita ayuda en medio de una crisis nerviosa o una caída, un niño o niña ofreciendo a la venta un dulce, alguien que carga bultos pesados, o tan simple, como alguna persona que necesita encontrar el nombre de alguna calle. Es en esos momentos, cuando me cuestiono mi vocación por ayudar, uno de los tantos motivos por los que estudié la licenciatura de Psicología.

En estos contextos, en los que alguien necesita de alguien, podría esperar que por la evidente apatía, nadie haga nada; sin embargo, siempre aparece una persona dispuesta a tender la mano, a llamar por teléfono o auxiliar de alguna forma, pese a la inseguridad social en la que vivimos en ésta y en otras tantas ciudades -y que nos ha enseñado a desconfiar del otrx-.

Es precisamente el miedo y la desconfianza los que me han paralizado, hasta que hace algunos meses, la vida me puso en una situación vulnerable y necesité ayuda de los demás. 

En esa ocasión iba a desmayarme en la calle, por suerte me auxiliaron, inicialmente dos mujeres y después dos hombres. No solo me apoyaron en términos físicos, sino que fueron afectuosxs y sumamente empáticxs, lo que en ese momento me hizo sentir realmente afortunada. Esta experiencia me llevó a reflexionar sobre el verdadero valor de la solidaridad, porque no solo se necesita creer que a unx le gusta ayudar sino que, literalmente, se necesita valentía para ponerlo en práctica.

Pero, ¿qué es ser solidario? ¿Por qué es tan importante hablar sobre el tema?  ¿Será posible que este valor pueda ponerse en práctica en nuestra vida cotidiana y en las condiciones en las que nos encontramos actualmente? Me refiero a cualquier ámbito: familiar, social o laboral. 

La palabra solidaridad proviene del latín “soliditas” que expresa la realidad homogénea de algo físicamente entero, unido, compacto, cuyas partes integrantes son de igual naturaleza.

Desde la perspectiva teológica o espiritual, el concepto de solidaridad está estrechamente vinculado con el de fraternidad entre los seres humanos, que les impulsa a buscar el bien de todas las personas solo por el hecho de que todas son iguales en dignidad gracias a la filiación divina.

En el área del derecho, se entiende que los socios son solidarios cuando son individualmente responsables por la totalidad de las obligaciones.

Jurídicamente, la solidaridad implica una relación de responsabilidad compartida, de obligación conjunta.

La doctrina social de la iglesia cristiana define la solidaridad como sinónimo de igualdad, fraternidad, ayuda mutua, en un todo unido a los conceptos de responsabilidad, generosidad, desprendimiento, cooperación y participación.

Ahora bien, la solidaridad es ante todo un valor y los valores son entendidos como un conjunto de normas de convivencia válidas en un tiempo y época determinada. Estos no son posibles de imponerlos por la fuerza, al contrario se promueven a través de la educación, inicialmente en casa y después en la escuela y/o en el contexto social en el que se desarrolla cada persona. Tomando en cuenta esta idea, la solidaridad es una responsabilidad mutua contraída entre varias personas y que nos hace colaborar de manera circunstancial en la causa de otrxs.

Así, la solidaridad se desprende de la naturaleza humana, indicando que el ser humano no está solo, que prefiere vivir acompañado porque es social en su naturaleza y no puede prescindir de sus iguales, ni tampoco intentar desarrollar sus capacidades de manera independiente.

La solidaridad se identifica como uno de los valores fundamentales para las relaciones internacionales del siglo XXI, tema primordial que define el trabajo de la Organización de las Naciones Unidas. Recordemos que la ONU tiene como premisa básica, promover la paz, los derechos humanos y el desarrollo económico y social de las naciones. Fue el 22 de diciembre de 2005, que la Asamblea General proclamó el 20 de diciembre como el Día Internacional de la Solidaridad Humana, día que busca fomentar nuestra unidad en la diversidad y proponer nuevas iniciativas para erradicar las diferentes problemáticas internacionales, como la pobreza, la falta de educación, la inseguridad y la discriminación.

Considerando el panorama general de cada comunidad, la solidaridad es indispensable como un medio de progreso en nuestro entorno más próximo (casa, escuela, trabajo, colonia, ciudad o país), ya que el fortalecimiento de ésta, permite la solución de problemas económicos, sociales, culturales y humanitarios, problemas a los que nos enfrentamos diariamente y que representan varios obstáculos, tanto a nivel general como particular, dependiendo del lugar donde nos encontremos,  para alcanzar una vida digna.

Consideremos que la solidaridad busca que actuemos de forma diferente a la indiferencia, busca el bien prójimo y el ayudarnos mutuamente. Me parece que es factible iniciar con pequeñas acciones, como por ejemplo en el transporte público, al ceder el asiento a las personas mayores, a los hombres y las mujeres con alguna discapacidad o que llevan bebés o niñxs pequeñxs en brazos; en el terreno familiar, al escuchar y apoyar a nuestros seres queridos cuando enfrentan alguna dificultad, colaborar en casa con los quehaceres domésticos o con la crianza de los hijxs y, en nuestros empleos, aprendiendo a trabajar realmente en equipo, tomando en cuenta que funcionamos mejor como empresa o como seres humanos, si nos damos la mano y caminamos a la par, aún con nuestras diferencias que nos distinguen.  A ti, ¿qué otras maneras se te ocurren de ser solidario día con día?

Referencias
Lares Negrete Lucía Amanda, Los valores universales.  Fecha de consulta: 08/06/2017 20:00 hrs. https://www.uv.mx/psicologia/files/2014/11/VALORES-UNIVERSALES.pdf
Organización de las Naciones Unidas.  Fecha de consulta: 08/06/2017 19:00 hrs. http://www.un.org/es/events/humansolidarityday/background.shtml 

Moënne B, Karla, El concepto de la solidaridad. Revista Chilena de Radiología. Vol. 16 Nº 2, año 2010. 51-51.   Fecha de consulta: 01/06/2017, 20:15 hrs. http://www.scielo.cl/scielo.php?pid=S0717-93082010000200001&script=sci_arttext

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La mente clara, la cerveza obscura

Colectivo Paideia
13:25

Por: Jezz

No recuerdo cuando fue la primera vez que la probé, seguramente era pequeña  y puedo apostar que me supo amarga, pero hoy sé que es una bebida que disfruto cuando hace calor, hay algo que festejar, pasé un mal día, o mejor aún, cuando tengo algo que platicar con alguien y se puede compartir con un buen tarro frío de cerveza obscura; y estas son solo algunas de las de las razones por las que decidí escribir sobre la grandiosa cerveza.

Además, con la cerveza he hecho nuevos amigos, como los que encontré en mi bar favorito y venían desde Tijuana, sin pensar que les tocaría compartir mesa con unos chilangos que los guiarían para que supieran gozar la ciudad, o los que dejan de ser extraños en un puesto en el instante que se solidarizan contigo y te destapan la otra botella. A mi parecer la cerveza es una de las bebidas -junto con el café- más populares en todas las sociedades y en cualquier clase social, quiero creer que es porque se puede encontrar en todos los precios y, básicamente, en cualquier lugar, desde una tienda en la esquina o las artesanales en lugares establecidos.

La cerveza existe desde hace más tiempo del que yo pudiera pensar. Hay autores que ubican sus orígenes posterior al comienzo de la agricultura, en el año 11.000 a. C. Según el historiador belga Marcel Gocar, “hubo una época en que la cerveza se consumía en los templos, preparada y servida por las sacerdotisas”.[1]

En México, la historiadora María del Carmen Reyna, del Instituto Nacional de Antropología e Historia, recorre en el libro “Historia de la cerveza en México” el azaroso camino de esta bebida en el territorio americano. Desde su llegada al Nuevo Mundo, tras la conquista española, pasando por los primeros intentos para su fabricación, la difícil etapa de aceptación durante la época novohispana, hasta su consolidación, durante el siglo XX, tanto en el gusto popular como en una floreciente industria mexicana.

Luego de indagar en numerosos archivos, la autora refiere que fue en 1542 cuando el monarca Carlos V autorizó que en la Nueva España se pudiera elaborar cerveza; misma que se producía en una fábrica establecida en Amecameca, Estado de México, y que dirigía el español Alfonso de Herrera. Con toda esta historia y tradición, hoy México se encuentra en el décimo lugar mundial en el consumo de cerveza. [2]

Con cerveza no hay tristeza

Y no lo digo precisamente yo, hace unos días leí que científicos de la Escuela de Medicina de la Universidad de Indiana (EE UU) han demostrado que el sabor de la cerveza por sí solo (sin alcohol) hace que se libere dopamina en el cerebro, un neurotransmisor relacionado con las sensaciones placenteras y la motivación que puede generar conductas adictivas.[3]

La cerveza no solo nos llena la barriga, también nos pone el corazón contento y es que basta un vaso al día para aumentar la salud cardíaca, gracias a que mejora el estado de los vasos sanguíneos y el flujo de sangre, además de hacer a las arterias más flexibles, de acuerdo con una investigación de la Universidad Harokopio en Atenas (Grecia).

Por su parte, Lina Badimón y sus colegas del Centro de Investigación Cardiovascular (CSIC-ICCC) demostraron, hace poco y en estudios en poblaciones de grave riesgo cardiovascular, que el consumo moderado de alcohol (de 10 a 30 gramos al día) se asocia con un menor riesgo de infarto de miocardio y la muerte, además de mejorar la formación de tejido reparativo después de sufrir un infarto. El efecto se debe, sobre todo, a que el lúpulo de la cerveza contiene un antioxidante llamado xanthohumol con efectos protectores en la salud cardiovascular.[4]

Así que después de escribir este artículo bien podré decirle a mi mamá que además de beber por gusto, bebo para mantenerme saludable. Tú, ¿qué cerveza prefieres? ¿Clara, obscura, de barril, artesanal, en lata o caguama? ¿Conoces algún otro dato acerca de la cerveza?




Referencias
[1] Desconocido. (- -). Historia de la cerveza, de Bavaria Sitio web: http://www.bavaria.co/la-cerveza/historia-de-la-cerveza, 6-junio-2017,16:30hrs.
[2] María del Carmen Reyna. (2013). Historia de la cerveza en México. 2017, de INAH Sitio web: http://www.inah.gob.mx/es/boletines/849-historia-de-la-cerveza-en-mexico, 7-junio-2017, 19:40hrs.
[3] Elena Sanz. (2013). El sabor de la cerveza libera dopamina en el cerebro., de Muy Interesante Sitio web: http://www.muyinteresante.es/salud/articulo/el-sabor-de-la-cerveza-libera-dopamina-en-el-cerebro-451366106744, 8-junio-2017, 10:25hrs.

[4] Elena Sanz. (2013). Tres efectos saludables de beber cerveza., de Muy Interesante Sitio web: http://www.muyinteresante.es/salud/articulo/tres-efectos-saludables-de-beber-cerveza-971375434548, 8-junio-2017, 10:40hrs.

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Enseñando a cuidar el medio ambiente

Colectivo Paideia
9:17

Por: Nadia Sierra Campos

Desde 1972, cada 5 de junio conmemoramos el Día Mundial del Medio Ambiente. Gobiernos y sociedad todos los años hacen énfasis en la necesidad de cuidar nuestro entorno, de preservar el medio ambiente, de proteger la biodiversidad, y hasta de preocuparnos por el calentamiento global.

Para hacer conciencia respecto de nuestras obligaciones frente al cuidado de la naturaleza, las y los ciudadanos debemos convertirnos en actores fundamentales del cambio que queremos ver en las ciudades o comunidades donde vivimos. Para ello, debemos entender las causas de los problemas que estamos viviendo y, sobre todo, saber aprovechar creativamente los potenciales que nos permitirán vivir en mejores lugares. En todo esto son cruciales la educación, la discusión, mirar otras experiencias, atreverse a hacer las cosas de manera distinta, dar los primeros pasos que se repliquen entre la familia, las y los vecinos, la comunidad.

El medio ambiente es todo lo que nos rodea, los árboles, la vegetación, los animales, el medio físico y también las otras personas. Cuando pensamos en contaminación tendemos a asociarla sólo con los problemas del agua, el aire o la basura, pero es un concepto mucho más amplio que incluye a las personas, su forma de relacionarse y sus valores.

Existe una interacción permanente entre las personas y su ambiente. Nuestra forma de vida es influida por nuestro entorno natural y cultural, y a su vez nuestras acciones modifican el ambiente. Por eso, para una persona resulta más saludable y se siente feliz viviendo en una ciudad con aire limpio en vez de una contaminada, o trabajando en un ambiente laboral amigable en vez de uno conflictivo.
 
Al entender esto, nos damos cuenta de la importancia de cuidar el medio ambiente y a veces no sabemos cómo o si será costoso. Así surgió la educación ambiental, para desarrollar valores, conocimientos, habilidades y aprender a vivir armónicamente con el medio ambiente.

También, los imperantes problemas ambientales han obligado a las autoridades a replantear la idea de la participación y el interés de la sociedad en situaciones importantes como: el cuidado de los bosques; la conservación de áreas naturales; la limpieza de calles, avenidas y jardines; la reducción, separación, reuso y reciclaje de residuos sólidos; así como la conservación de la fauna. Hechos que, sin lugar a dudas, requieren iniciativas de educación ambiental para fortalecer una participación comprometida con su entorno y su sociedad.

Una educación ambiental integral debe darse desde las aulas, en los niveles iniciales hasta los superiores. Quizá no todas las personas tenemos el privilegio de contar con esta enseñanza-aprendizaje; sin embargo, aquí les compartimos un par de ideas que pueden explorar en sus aulas y con sus estudiantes:

1. Primero, hay que enseñarles a valorar el medio ambiente y para ello es importante conocerlo, así podríamos incentivar paseos familiares al aire libre o ir con los estudiantes. Pueden ser plazas, parques o paseos a lugares cercanos en los que podamos apreciar los árboles, el tipo de animales que se encuentran allí, desde pequeños insectos hasta algunas aves o mamíferos.

2. Invita a tus estudiantes a ver programas sobre la naturaleza, algunos son muy entretenidos y siempre didácticos, por ejemplo ¿ustedes saben cómo tiene crías un puerco espín?

3. Haz que consulten en libros, revistas o internet acerca de textos e incluso juegos, que muestren la flora y fauna. En la web existen gran cantidad de páginas sobre temas ambientales y organizaciones que trabajan los temas (somosamigosdelatierra.org, Greenpeace o el Instituto de Ecología)

4. Enseña a reutilizar. Antes de tirar algo que parece inservible piensen en que otro uso pueden darle. Una buena idea que además ayuda a otras personas, es organizar intercambios o recolección de ropa usada, trastes que ya no se utilicen en casa, etc.

5. Fomentemos el consumo responsable; generen campañas de no uso de productos envasados, desechables o la cero impresión de documentos.

6. Una sugerencia que es súper útil en casa es limitar los tiempos a la hora del baño, reutilizar el agua de la lavadora para lavar el patio, apagar las luces que no estemos utilizando, desconectar los aparatos electrónicos que no estemos usando y separar los desechos, al menos en orgánicos e inorgánicos.


Como estos consejos, hay muchos más que podemos explorar y que no nos cuesta nada poner en práctica a nivel personal y en nuestras aulas; así podemos aportar con acciones al cuidado del medio ambiente.


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De visita por los museos

Colectivo Paideia
13:25

Por: Lucía Velasco


Quienes hemos crecido en el Ciudad de México tenemos este recuerdo de infancia o adolescencia: El maestro o la maestra de la escuela, pública o privada, nos encarga ir a ver una exposición determinada. Normalmente, la actividad consiste en ir al lugar –con mamá, papá o los amigos y amigas de la clase-, transcribir todo lo escrito en la museografía –hoy día, la mayoría toman fotos o papá o mamá lo hacen- realizar un recorrido relámpago y entregar el reporte correspondiente. 

Así, ¿cómo esperamos que los estudiantes vean en los museos espacios de aprendizaje y entretenimiento? ¿Cómo aprovechar la variedad museística con que cuenta esta enorme ciudad?

Según la Secretaría de Turismo, en la Ciudad de México existen 170 museos y 43 galerías, lo que la hace uno de los atractivos culturales más importantes del mundo. “Pintura, escultura, dibujo, litografías, grabado, fotografía, arte objeto, arte plumario, cerámica, talavera, muebles antiguos, textiles, objetos litúrgicos, joyería, archivos, material sonoro, documental, etnográfico y prehispánico, son parte de los acervos que se custodian”.[1] Sin importar lo que se estudie o la inquietud que se tenga, en esta ciudad contamos con suficientes museos para todos los gustos, para curiosear o cubrir nuestras diversas inquietudes.

Una de las actividades favoritas con mis estudiantes de universidad es asistir a museos. Casi todos los cursos planeo una salida a algún espacio cultural. La mayoría de las veces terminamos en la Cineteca Nacional -por las horas y opciones de programación que presenta-, aunque la verdad es que la misma dinámica del lugar no nos permite una verdadera convivencia, ya que ellos y ellas tienen la opción de eligir lo que quieren ver, así la mayoría de las veces nos distribuimos en varias salas.

Los museos, en cambio, nos permiten realizar una serie de actividades diferentes, empezando porque en la mayoría de los casos los cito en fin de semana o en día de asueto, a las diez de la mañana en la entrada del lugar. Algunas veces llegan con sus novios, novias, amigos o amigas, algunos con los esposos o esposas y hasta con el bebé; para muchos y muchas el atractivo empieza con que la maestra les acompañe y no sólo les mande a la exposición.

Desde hace algunos años, las propuestas museográficas permiten que los espectadores tengan una experiencia sensoria diferente a la tradicional (antes de la década de los noventa, casi siempre consistían en obra montada y explicaciones escritas colocadas en las paredes). En el Palacio de Bellas Artes, por ejemplo, asistir a una exposición –sin importar si es un fotógrafo de cine, una pintora reconocida, un maestro o maestra de las artes visuales o una retrospectiva sobre determinado tema- incluye pintura, video, audios, música, fotografía, escultura, objetos de la época, libros y memorias escritas; obra y material que se complementa con explicaciones impresas.

Salir con mis estudiantes siempre me deja una gran satisfacción, pero particularmente estas dos últimas ocasiones: la primera, a la celebración de los 10 años del Museo del Estanquillo, donde admiramos fotografías, libros, maquetas, mapas, cuadros sobre los habitantes y las formas de vida de la Ciudad de México; y la segunda, al Palacio de las Bellas Artes a la exposición Pinta la Revolución, fueron gratificantes, se dio una especie de complicidad con mis grupos.


Como me niego a parecer guía de turistas y explicar lo que están viendo -me gusta que exploren, lean, tomen su tiempo-, normalmente lo que hacemos es que entramos y cada quien va a su ritmo, es hasta que salimos del recorrido vienen los comentarios. En estas dos ocasiones no sucedió así. Aunque cada quien empezó por su lado, en ningún momento caminé sola, ni seguí un orden determinado. Todo el tiempo tuve a alguien cerca, preguntándome, llevándome de un lado a otro, haciendo reflexiones, hasta que me encontré en el centro de un círculo a mitad de la sala, rodeada de muchachas haciendo lluvia de ideas, quitándose la palabra por opinar, completándose las frases o llorando frente a una fotografía de más de cien años -que retrataba a una soldadera con su hijo y la miseria en que vivían- diciendo: “nosotros no valoramos lo que tenemos”; o bien seguida del grupo en el que se escuchaban frases como: “Nunca había venido a hacer esto un museo”, cabe aclarar que no habíamos ido más que a observar la obra y a comentarla.


Visitar un museo puede ser una experiencia única. Una oportunidad de aprender a ver la realidad a través de la mirada de los y las creadores. Apreciar la obra ahí expuesta como un testimonio de lo que fuimos, de lo que somos, de lo que nos gustaría ser o de lo que queremos dejar de ser. Pintura, escultura, instalaciones, objetos de la vida cotidiana, fotografía, recortes de periódicos, murales, poesía, música… las artes al servicio de la memoria, como testimonio de las múltiples realidades que existen.

Otra de las razones por las que me gusta llevar a los estudiantes a los espacios culturales es porque creo que estudiar la universidad no es únicamente prepararse para obtener una certificación y adiestramiento en el oficio que vamos a ejercer en la vida, también conlleva tener una vida intelectual y deportiva.

Una sensibilización al arte y la cultura nos permite como seres humanos, apreciar la vida de la otredad tal y como es, colocarnos en los otros zapatos y entonces contribuir de manera diferente en la vida misma, la propia y la ajena, la del día a día, con la familia, con el grupo de amigos y amigas, como profesionistas, como ciudadanxs.

Les invito a experimentar con sus estudiantes salidas así. Los estudiantes de hoy, como los de cualquier época, sólo necesitan un empujoncito para encaminar las energías y explorar su mundo, nuestro mundo. Necesitan atención y entusiasmo, tiempo de convivencia, es interesante lo que como docentes podemos aprender de ellxs.




[1] El Universal. CDMX, una de las urbes con más museos en el mundo. Notimex. 17/05/2016. 18:59 hrs. http://www.eluniversal.com.mx/arti



culo/cultura/patrimonio/2016/05/17/cdmx-una-de-las-urbes-con-mas-museos-en-el-mundo. Mayo 23, 2017.

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