Mi historia con Diego
17:00
Por: Lucía Velasco

No recuerdo la razón de ese recorrido. Mi madre y
hermano tampoco. Por supuesto, a esa tierna edad no comprendí la obra, lo que
sucedió con esas visitas fue el inicio de mi relación con dos de los personajes
más interesantes de la historia cultural mexicana: Diego Rivera y Frida Kahlo.
En esta ocasión sólo escribiré de él: el maestro,
“el Gordo”, el queridísimo Diego Rivera. Conocer su obra es comprender parte de
lo que ahora reconocemos como nacionalismo y revisar, a través de su pintura,
la historia de esta nación, desde nuestras culturas precolombinas hasta el
México de la posrevolución.
El maestro nació en Guanajuato, Guanajuato, en 1886
y cuenta la historia que de niño se entretenía en dibujar… ¡en las paredes de
su casa! Antes de los diecinueve años fue expulsado de la Academia de San
Carlos, aquí en la Ciudad de México, y Antonio Rivas Mercado (el arquitecto que
diseñó el Ángel de la Independencia), director de la Academia, le ayudó a conseguir
una beca para estudiar pintura en Europa. Allá pasó quince años: España,
Italia, Francia.
Regresó a México en 1922, justo cuando la
revolución parecía terminarse, pero a tiempo para participar en uno de los
movimientos culturales más interesantes que han sucedido en este país.
Junto con Siqueiros y Tamayo fundó el Sindicato de
Pintores, que contó con la complicidad de José Vasconcelos para crear la
corriente pictórica que hoy conocemos como muralismo. Las paredes de los
edificios públicos se convirtieron en extensos lienzos en las que quedó plasmada
la propuesta de lo que era México para estos creadores.
En el caso de Rivera su obra la podemos apreciar en
el Palacio de Cortés en Cuernavaca, en Palacio Nacional, el Palacio de las Bellas Artes, en la Secretaría de Educación Pública (SEP) en la
Ciudad de México y la Escuela Nacional de Agricultura en Chapingo;
además de algunos edificios privados, como el mural que hizo para el Hotel
Regis (mural que fue rescatado del derrumbe del temblor del 85 y preservado
como el Museo Mural Diego Rivera ubicado en la Alameda Central de esta ciudad);
además del Museo Dolores Olmedo y otros ya mencionados.
Colores vivos, personajes y escenas representativas
de la vida mexicana, en la ciudad y el campo. Amor y violencia. Vida y muerte.
El México prehispánico, el colonial, el independiente y el moderno. Imágenes
que representan nuestro imaginario colectivo actual.
Durante este periodo Diego milita en el Partido
Comunista, estudia nuestra cultura prehispánica junto a Siqueiros, viaja
constantemente al extranjero para cumplir compromisos de trabajo para los que
es contratado y vive un tormentoso matrimonio de veintisiete años con Frida. El
pintor corre con la suerte de poder disfrutar su éxito en vida.
A su muerte el maestro deja su obra y propiedades
al pueblo mexicano, en un fideicomiso privado que asegura la estancia y
propiedad de su obra, colecciones de arte prehispánico y objetos de su vida
personal (de él y Frida) en nuestro país. Cumpliendo así con sus principios de
izquierda: el arte y la cultura son del pueblo, para el pueblo.